Entre los blackberreadores amaneció hoy circulando un fragmento que me parece bastante hermoso o, al menos, impactante a primera lectura.
No sólo lo es porque maneja el romántico contenido típico de los cansados y decepcionados, que suele ser una semántica melancólica y quejumbrosa que, por otro lado, intenta maquillarse con ciertos toques de optimismo y fortaleza, del tipo del Ave Fénix (en otro blog les pondré más ejemplos).
No sólo es eso. Es también el juego metafórico que me parece bastante original (dado que desde hace décadas dejé de ser lector de poesía y de literatura, no se me puede creer mucho, de modo que lo que yo considere una metáfora ingeniosa otros podrían verla como un lugar común), así que no me hagan caso.
Pero, en fin, el hecho es que me gustó el fragmento, pero, como soy fanático de los autores de cualquier cosa que me guste y como nadie señalaba el nombre del autor, me dediqué a buscarlo en Internet. Como ya sabemos todos, copié entre comillas una frase especialmente representativa y la pegué en Google (San Google, deberíamos llamarlo). Pero antes de contarles qué pasó después, déjenme transcribirles aquí mismo el fragmento en referencia:
De tanto perder aprendí a ganar. De tanto llorar se me dibujo esta sonrisa. Conozco tanto el piso que sólo miro el cielo. Toqué tantas veces fondo que cada vez que bajo ya sé que mañana subiré…Me asombra tanto cómo es el ser humano, que aprendí a ser yo misma. Tuve que sentir la soledad para aprender a acompañarme…Intenté ayudar tantas veces a los demás, que aprendí a esperar a que me pidan ayuda. Hago solo lo que debo, de la mejor forma que puedo, y los demás que hagan lo que quieran. Vi tantas liebres correr sin sentido que aprendí a ser tortuga y apreciar el recorrido…
La estructura semántica abstracta o la estrategia discursiva de los significados de fondo consiste en el siguiente par lógico:
“del malestar y los fracasos hacia la felicidad y la fortaleza”.
Se expresa primero una situación de malestar y luego se expresa una situación de fortaleza derivada de la primera. Es como si dijéramos
“fracaso –> satisfacción”
o
“del fracaso, de los errores y de los sufrimientos aprendí el éxito, los aciertos y la felicidad”.
Véanlo del siguiente modo, descomponiendo el texto en dos columnas, la primera de las cuales es el elemento negativo y la segunda es el elemento positivo derivado del anterior (de hecho, bastaría que sólo consideraran las palabras en negrita):
| De tanto perder | aprendí a ganar. |
| De tanto llorar | se me dibujo esta sonrisa |
| Conozco tanto el piso | que sólo miro el cielo |
| Toqué tantas veces fondo | que cada vez que bajo ya se que mañana subiré |
| Me asombra tanto cómo es el ser humano, | que aprendí a ser yo misma |
| Tuve que sentir la soledad | para aprender a acompañarme |
| Intenté ayudar tantas veces a los demás | que aprendí a esperar a que me pidan ayuda. |
| Hago sólo lo que debo, de la mejor forma que puedo | y los demás que hagan lo que quieran |
| Vi tantas liebres correr sin sentido | que aprendí a ser tortuga y apreciar el recorrido |
Bueno, como podrán ver, el fragmento puede alargarse páginas y páginas siguiendo este mismo esquema estructural semántico y, con seguridad, podrán lograr metáforas muy bonitas.
Cuando uno matematiza las cosas o las somete a su estructura lógico-formal, hasta las cosas más lindas pierden su belleza superficial y las cosas más complicadas pierden su dificultad aparente.
Sin embargo, hay algo del fondo de este fragmento que queda incólume, indestructible ante el bisturí de la lógica y que, por cierto, ya Popper lo había formulado en su Teoría de la Crítica y en su tesis sobre el valor del error: se aprende a partir de los errores, se progresa a partir de los intentos fracasados. El error es más valioso que el acierto, porque éste se deriva de aquél. Eso es lo que en el fondo, la autora de este fragmento explotó a través de metáforas y melancolías.
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Pues bien, volvamos a lo que me pasó cuando quise averiguar el autor (o la autora, dados ciertos pronombres en femenino). La frase que escogí para ponerla entre comillas en el recuadro de San Google fue la siguiente: “vi tantas liebres correr sin sentido”. ¿Saben cuántas páginas encontré con esa frase y, por tanto, con ese mismo fragmento completo? 20, exactamente, ni más ni menos. O sea, si calculamos el llamado “índice de presencia en internet” (o también “Me On the Web”) de ese fragmento, obtenemos un 1.6%, que es algo asombroso (piensen en que el índice de presencia en internet de “Microsoft” es de un 12%, lo cual es bastante, por supuesto, de modo que ese alto índice de presencia del fragmento en referencia nos revela el gran impacto que ha causado entre las masas de lectores informáticos y black-berreadores (hispanos, por supuesto, no olvidemos eso!).
Pero, entonces, siendo así las cosas, uno debería deducir que el AUTOR o AUTORA de ese fragmento es la dueña o el dueño de tamaña popularidad e impacto y no el fragmento en sí mismo. Pero ¿saben qué? Siéntense antes de seguir leyendo, para que no se caigan al piso y de allí tengan que aprender a levantarse “hacia el infinito y más allá”, como repetía Buzz LightYear, el simpático personaje de Toy Story: ¡¡¡¡¡¡en ninguna parte de todas esas 20 páginas de Internet aparece la información de quién es la autora o el autor!!!!!!!
Es decir, estamos ante el caso de una creación que anonimizó a su creadora, que la pulverizó, literalmente hablando. Esto puede verse desde un ángulo positivo y desde un ángulo negativo. Siendo optimistas, la fuerza de la obra logró que todos se sintieran dueños y autores de la misma, que una creación individual fuera tan valiosa que de ella llegó a apropiarse prácticamente toda la comunidad de blackberreadores, ratones y ratas de la Web. Eso debería hacer sentir sumamente, supinamente orgulloso a la autora o autor escondida(o) y anonimizado(a).
Yo, en mi humilde transitar por estos mundos académicos y universitarios, he experimentado algo de eso mismo. Cuando Nicolás Barros, Víctor Córdova y yo implantamos aquel Seminario de Epistemología que habría de ser, para la fecha, el único y el primero en todos los doctorados de América Latina (año 1992, si mal no recuerdo), muy pocos en este continente, al menos en el área de Sociales, habían ni siquiera oído la palabra “Epistemología” en toda su vida. Pero poco a poco, y a partir de allí, que conste, la Epistemología fue haciéndose cada vez más conocida hasta llegar un momento en que no había doctorado en Latinoamérica que no tuviera al menos un seminario de epistemología. Hoy en día, es una de las palabras más puteadas que existen en el medio universitario y pseudo-académico. Para citar sólo un ejemplo, actualmente se desarrolla en la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez de Caracas, un seminario llamado “SEMINARIO DE EPISTEMOLOGÍA Y TRANSDISCIPLINARIDAD”, dirigido por profesores que jamás en su vida estudiaron filosofía ni epistemología, que son más poetas, cineastas y artistas fracasados que académicos (como Morin, tal cual), pero que intentan estafar y engañar a los inocentes a través de un discurso cantinflérico, con lo cual también pretenden ganar prestigio académico. Resulta, al final, que ya todos son dueños de la palabra y de los seminarios de Epistemología y nadie recuerda que fuimos Barros, Córdova y yo quienes por primera vez divulgamos ese concepto e inauguramos toda esta serie de seminarios. Pero, bueno, viéndolo del lado positivo, nos sentimos sumamente orgullosos de que de nuestra obra se hayan apropiado todos, no importa sin son académicos serios o si son cantinfléricos y complejólogos. Nos sentimos orgullosos de haber puesto un grano de lentejas (¡hasta cuándo la arena!) para la construcción de todo este minestrone.
A mí, más particularmente que en el caso anterior, me ocurrió lo mismo con varios conceptos en Teoría de la Investigación. Por ejemplo, fui el creador del concepto de “enfoques epistemológicos” como evolución de los “estilos de pensamiento” y fui también el autor de la propuesta de que cada investigación debe analizarse y evaluarse estrictamente en atención a las convicciones implícitas en esa correspondencia de enfoques epistemológicos con estilos de pensamiento. Fui también el autor de los criterios esenciales para diferenciar entre “Ciencia” y “No-Ciencia”. Bueno, con excepción de los programas cantinfléricos y esotéricos, como los de la UNESR, todos los programas utilizan estos conceptos y discriminaciones sin mencionarme y sin hacer alusión alguna a mis trabajos de hace años. Igual que en el caso anterior, asumiendo una perspectiva optimista, me alegra que les hayan parecido bien mis ideas y que las pongan en práctica olvidando de dónde vinieron y quién las creó.
Volviendo al asunto del fragmento ese de aprender a ser tortuga a partir de la desorientación de las liebres, también hay un lado negativo: es el de desvalorizar al SUJETO CREADOR, es el de ignorar olímpicamente que si no hubiera existido ese sujeto tampoco existiría esta obra. ¿Por qué negar al talento que está detrás de las grandes creaciones? ¿Por qué silenciar la mente que produjo una gran obra, la misma mente que, si la reconociéramos, tal vez continuaría produciendo cosas cada vez más valiosas?
Para esta pregunta no tengo una respuesta firme, pero sí tengo sospechas, las cuales me conducen a la perspectiva negativa del asunto: se trata del robo. El robo no es sólo de cosas materiales. Lo es también de producciones intelectuales, científicas, artísticas y culturales. Por esa vía, llegamos a silenciar a los dueños o autores, en la esperanza de que, pescando en río revuelto, quién quita si pudiera hacerles creer a todos que soy yo el autor de esa obra “perdida”. Los casos históricos abundan. Hay uno de ellos que provoca sentarse en una acera a llorar: es el caso, entre muchos otros, de Lisa Meitner, legítima autora de la teoría de la fisión nuclear. Pero, dado que ella confiaba en el físico Otto Hans, le hacía llegar todos sus manuscritos con sus investigaciones y anotaciones, hasta el punto de que a Otto se le hacía sumamente fácil robarle la autoría a Lisa, sobre todo considerando que Lisa era judía, perseguida por los nazis (era la época del nazismo), fugitiva de la guerra y, sobre todo, era MUJER, o sea, alguien inferior e insignificante desde los puntos de vista político, racial y de género. Pues, en definitiva, Otto Hans es quien recibe el premio noble por la teoría de la fisión nuclear. Le exigen que en el discurso de la recepción del premio Nóbel deje bien claro que él es el autor de la teoría, con lo cual cumple fielmente. Pero lo más insólito es que, aun meses después de ese discurso, Otto Hans continuaba repitiendo que era él el autor de la teoría de la fisión nuclear, la misma que fundamentó la derivación tecnológica de la bomba atómica en el Proyecto Manhattan de Oppenheimer, en lo cual tanto Lisa Meitner como Einstein se negaron a participar. Por suerte, la historia y las documentaciones del sobrino de Lisa lograron demostrar quién era la verdadera autora de la Fisión Nuclear. ¿Habría sido justo que Lisa Meitner se hubiera quedado satisfecha con el hecho de que de su creación científica se hubiera apropiado toda la humanidad? No. ¿Saben por qué? Porque no fue la humanidad quien se apropió de su creación, sino unos vulgares delincuentes con cara de académicos, al servicio de la política y corrompidos por la burocracia universitaria, la misma que impera actualmente en las universidades venezolanas intervenidas por el Gobierno, donde las autoridades son impuestas a dedo, de acuerdo al criterio de quién es capaz de destruir mejor y más cosas. Esas personas, por su parte, están convencidas de que, sólo por haber sido elegidas a dedo, ya sólo por eso son expertos en Epistemología, Investigación, Educación, Esoterismo, Auto-Ayuda, Programación Neurolingüística, Espiritismo, Curación por las manos, Poesía, Filosofía del Cuerpo y de los Genitales, etc., etc. No saben ni se les pasa por la mente que están puestas en esos cargos porque son buenas para destruir, para entorpecer, para obstaculizar. Son burócratas al mando de las alcabalas que frenan todo el flujo de las producciones académicas serias. De esas alcabalas proviene todo su poder. Pero ellos no lo saben. Mientras, como títeres, destruyen y frenan todo lo productivo, juran y perjuran que son los grandes herederos de Morin y que son los pontífices de la Investigación, la Educación Superior y los Postgrados (que una de estas figuras enanas comenzó a llamar “Estudios Avanzados).
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Volviendo al caso del fragmento de las liebres y las tortugas, el lado positivo es que todos asumieron para sí algo que alguien creó, pero que todos hubieran querido crear y por eso nadie cita a la autora.
El lado negativo es que nos quedamos sin el SUJETO CREADOR, sin el talento oculto tras la obra.
Y, en los casos peores, se pueden ver en la Web muchos casos de robo, casos en los que algunas personas pretenden hacerse pasar como autores originales. Hay una muestra en http://ar.answers.yahoo.com/question/index?qid=20111108095415AAZFymf, donde alguien le envía ese texto a una amiga, haciéndole ver subrepticiamente que él es autor y ella cae en la trampa, respondiéndole lo siguiente:
Me sentí tan identificada con tu pensamientos que al leerlo me hice la idea que lo habías escrito para mi conociendo paso a paso mi vida..perdí muchas cosas, lloré si contención alguna, aprendí a mirar al cielo porque jamás uno debe bajar la mirada, toque fondo y volví a subir, aprendí a convivir con la soledad tomándola como una compañera de vida, pero lo que no aprendí es esperar que me pidan algo, sigo ofreciendo lo mejor de mi para el bien de quienes me rodean, fueron muchas lecciones que aprendí amiga mía y otras tantas fueron quedando en el camino…. Gracias, solo eso puedo decirte ante la grandeza de tu pensamiento. Un fuerte abrazo, dulce y Seductora!
Y el ladrón-impostor, que también es analfabeta, le responde:
Gracias por tu respuesta amiga y me gusto que te haigas (sic) sentido identificada con mi pensamiento.
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Dirán Uds.: ¿por qué José se extendería tanto en esto?
Bueno, mentira, ninguno de Uds. diría eso y sé que todos saben por qué me extendí sobre esto.
Hay más cosas que podríamos seguir desarrollando, pero siempre hay que poner un punto final a todo. A todo.