Echeverría, Javier (1998): Filosofía de la Ciencia. Madrid: Alkal. Pp. 32-39
1. A. HACKING: LA CIENCIA COMO TRANSFORMACIÓN DEL MUNDO
Tras los dos primeros apartados sobre la crisis de la filosofía positivista de la ciencia y sobre Kuhn, y tras el tercer apartado sobre la sociología del conocimiento científico, podría pensarse que, a continuación, deberíamos de ocupamos de las diversas corrientes que han surgido en filosofía de la ciencia a partir de los años 70. No será así. Para terminar con este capítulo sobre las nuevas corrientes en filosofía de la ciencia nos centraremos ahora únicamente en la obra de lan Hacking, Representing and Intervening, publicada en 1983, antes de pasar a exponer nuestras propias propuestas.
¿Cómo justificar esta opción, que parece dejar de lado numerosas aportaciones de indudable interés? Cabe mencionar tres razones.
En primer lugar, como se advirtió en el Prólogo, esta obra orienta la Filosofía de la Ciencia hacia una Axiología de la Ciencia, que por lo general suele ser minusvalorada por los filósofos que escriben obras sobre Epistemología o Metodología. De todas las aportaciones que ha habido en el último cuarto de siglo son pocas las que tienen auténtica relevancia para este tema.
En segundo lugar, algunos de los autores que sí han afrontado las cuestiones axiológicas vinculadas a la actividad científica serán comentados en los capítulos siguientes.
El tercer motivo es el principal, y puede ser resumido en palabras del propio Hacking:
"los filósofos de la ciencia debaten constantemente sobre las teorías y las representaciones de la realidad, pero no dicen casi nada sobre la experimentación, sobre la tecnología o sobre el uso del conocimiento para alterar el mundo" (Ibid., p. 149).
Así comienza Hacking la segunda parte de su libro, dedicada al estudio del concepto intervenir. En el Prefacio, había anunciado que el libro tenía dos partes, pero había aconsejado a sus lectores empezar por la segunda (Ibid., p. XV). Y en la Introducción había explicado por qué. Veámoslo con detalle, aunque para ello tengamos que recurrir a una cita extensa:
"Durante largo tiempo, los filósofos han convertido a la ciencia en una momia. Cuando desembalsamaron el cadáver y vieron los restos de un proceso histórico en el que habían prevalecido el descubrimiento y el devenir, decretaron entonces, para sí mismos, que la racionalidad estaba en crisis. Esto sucedió al comienzo de los años 60 (alusión a la obra de Kuhn).
Se trataba de una crisis porque se venía abajo la vieja concepción del saber científico como coronación de la razón. Los escépticos siempre habían contestado la imagen complaciente de un conocimiento humano que progresa por acumulación, pero ahora eran los detalles mismos de la historia los que les proveían de municiones. Tras examinar algunos de los incidentes sórdidos de la investigación científica en el pasado, algunos filósofos comenzaron a preguntarse con inquietud si la razón jugaba verdaderamente un papel importante en la confrontación intelectual. ¿Decide la razón si tal teoría tiende hacia la verdad o si tal investigación debe proseguirse? Cada vez resultaba menos claro que la razón debiera de estar en el origen de esas decisiones. Unos pocos, probablemente aquellos que ya sostenían que la moral está ligada a la cultura, y que por tanto es relativa, sugirieron que la "verdad científica" es un producto social que no puede pretender tener una validez, y ni siquiera una pertinencia absolutas.
Tras esta crisis de confianza, la racionalidad ha sido uno de los temas que obsesionan a los filósofos de las ciencias. Nos preguntamos: ¿qué sabemos verdaderamente?, ¿qué deberíamos creer?, ¿qué es la evidencia?, ¿qué es una presunción?, ¿es tan racional la ciencia como se cree?, ¿no serán esos debates sobre la razón pantallas de humo tendidas por los tecnócratas? Ese tipo de cuestiones acerca del raciocinio y de la creencia incumben tradicionalmente a la lógica y a la epistemología. Pues bien, esas cuestiones no son objeto del presente libro.
El segundo tema mayor es el realismo científico. Nos preguntamos: ¿qué es el mundo?, ¿qué clases de cosas contiene?, ¿qué puede decirse de esas cosas que sea verdadero?, ¿qué es la verdad?, ¿son reales las entidades postuladas por la física teórica, o no son más que construcciones mentales destinadas a poner orden en nuestros experimentos? Todas esas cuestiones conciernen a la realidad. Son metafísicas. Me servirán para organizar los temas introductorios a la filosofía de la ciencia que son el objeto de este libro",
y un poco más adelante concluía:
"Esas cuestiones, ¿importan de verdad? Lo dudo. Ciertamente, queremos saber lo que realmente es real y lo que verdaderamente es racional. Se podrá constatar, no obstante, que rehúso hablar de las cuestiones sobre la racionalidad y que sólo soy realista por las razones más pragmáticas" (Ibid., pp. 1-2).
Prácticamente la totalidad de estas frases de Hacking son suscritas por el autor del presente libro, y por eso han sido traducidas in extenso. Por otra parte, dan razón de por qué prescindiremos en este capítulo de buena parte de los debates y de las posturas mantenidas recientemente por los filósofos de la ciencia. Adentrarnos por los meandros de las sofisticadas discusiones sobre el realismo científico nos alejaría por completo de nuestro objetivo. Por otra parte, en la bibliografía general los lectores podrán encontrar un amplio listado de referendas que podrán colmar las lagunas que aquí dejamos, al centrarnos exclusivamente en la obra de Hacking, y a lo sumo en algunos de sus comentaristas .
Hechas estas precisiones previas, volvamos al punto en donde estábamos: se trata de estudiar el saber científico en tanto transformador del mundo. Para ello. Hacking propone volver a dos autores clásicos: Bacon y Leibniz. Ambos. en efecto, estaban sobremanera interesados en la experimentación. en las invenciones técnicas y en el saber científico como factor de transfor, mación del mundo. Esto puede ser un lugar común con respecto a Bacon; pero en cambio, a Leibniz se le suele considerar como un filósofo interesado sobre todo en la teoría. Para mostrar que esa imagen tópica es falsa. nos limitaremos a aportar un texto suyo, que coincide plenamente con las ideas de Bacon en pro de la ciencia como un Ars lnveniendi:
"No existe arte mecánico tan pequeño ni tan despreciable que no pueda aportar consideraciones y observaciones notables, y todas las profesiones cuentan en su haber con determinadas habilidades plenas de ingenio, de las que no es fácil apercibirse, y que sin embargo podrían servir para logros mucho más importantes. Cabe añadir además que, en el ámbito de la manu. factura y del comercio, las materias principales sólo pueden estar bien regu, ladas mediante una descripción exacta de cuanto tiene que ver con artes muy diversas, y que los asuntos militares, o financieros, o marítimos dependen de las matemáticas y de la física aplicada en gran medida. En esto estriba el defecto principal de muchos sabios (léase filósofos), que sólo se complacen en discursos vagos y trillados, habiendo un campo tan amplio en donde poner a prueba su ingenio como el que hay en temas concretos y reales que pueden aportar beneficios a todo el mundo" .
Según Hacking, no hay una única metodología de la ciencia. ni la inductiva ni la deductiva. Así como hay teorías que generan nuevos hechos y nuevos experimentos, también hay experimentos e invenciones técnicas que generan nuevos fenómenos y nuevas teorías científicas. Para él, los científicos que se dedican a observar y a experimentar, pocas veces lo hacen para tratar de verificar (o falsar) teorías, ni tampoco para construir teorías a partir de esas observaciones y experimentos: no son inductivistas ni hipotético-deductivistas.
"El trabajo del experimentador, y la prueba de su ingenio, e incluso de su grandeza, consiste menos en observar o hacer un informe cuanto en dotarse del equipamiento que le permita producir el fenómeno querido de una manera fiable" (Hacking, a.c., p. 167).
Hay científicos que son buenos observadores (o experimentadores) y otros que lo hacen mal. Ser competente en una tarea científica no implica serio en todas. La filosofía de la ciencia ha dado lugar a reflexiones que, salvo raras excepciones, han estado sesgadas en pro de los teóricos y en detrimento de los experimentadores (o "practicadores"). Dado que, como subraya Hacking, prácticamente no hay observación científica actual que no recurra a instrumentos, para saber observar o experimentar hay que saber manejar bien una serie de artefactos científicos. Y otro tanto cabría decir a la hora de efectuar mediciones, sin las cuales no hay predicción, verificación ni falsación que valga. A las labores de teorización de los científicos experimentales les subyacen siempre unas tareas prácticas que han sido minusvaloradas por la mayoría de los filósofos de la ciencia en el siglo xx, pero que resulta imprescindibles analizar. Para empezar esta tarea, Hacking propone una primera tesis que tiene múltiples consecuencias filosóficas:
"experimentar no es enunciar o informar, sino hacer, y hacer con algo distinto que palabras" (Ibid., p. 173). .
Podríamos decir que las tesis de Hacking sobre la observación y la experimentación tienden a subrayar que, además de estar cargadas de teoría (aunque en algunos momentos matiza la tesis de Hanson), sobre todo están cargadas de práctica: y de una práctica comp'etente. De hecho, su oposición al reduccionismo lingüístico en filosofía de la ciencia es total:
"la tendencia a remplazar las observaciones por entidades lingüísticas (frases sobre la observación) persiste en toda la filosofía contemporánea" (Ibid., p. 180) 43.
Lo que él propugna es invertir esa tendencia, de manera que los filósofos de la ciencia estudien más la observación científica (o la experimentación) en tanto acciones, y menos los enunciados observacionales (o experimentales).
Con el fin de desarrollar ese programa, Hacking analiza múltiples ejemplos extraídos de la física. Entre ellos, destaca su estudio sobre los microscopios. Aparentemente miramos, vemos, y en función de eso observamos en un microscopio. Hacking muestra que no es así. No sólo hay que aprender a mirar por un microscopio. Lo esencial de la argumentación de Hacking consiste, podríamos decir, en que los microscopios más desarrollados nos ofrecen simulaciones artificialmente construídas de los objetos que investigamos, y no imágenes "naturales" de esos objetos. Dichas simulaciones están posibilitadas por los aparatos, y a éstos les subyacen a su vez múltiples intervenciones previas de los inventores y los técnicos que los han construído.
En este sentido, hay buenos microscopios y malos microscopios. Antes de poder "mirar" ha habido que realizar un amplio trabajo en el que las teorías, aunque tienen un papel, suelen ser secundarias con respecto a las técnicas. Hacking pone como ejemplo a Abbe (Ibid., pp. 194-197), quien mantuvo desde 1873 la teoría de que la imagen de un objeto en un microscopio
se produce mediante la interferencia de las ondas luminosas emitidas por la fuente principal y por las imágenes secundarias de la fuente luminosa, resultantes de la difracción, que a su vez depende del carácter ondulatorio de la luz. Se trata de una teoría sobre un fenómeno: cómo se produce una imagen en un aparato de observación. Aceptar la propuesta de Abbe traía consigo numerosas consecuencias prácticas, pero sobre todo una nueva concepción de la observación microscópica: no hay, ni puede haber, comparación entre las visiones microscópicas y macroscópicas. Por el mero hecho de utilizar un microscopio, no podemos seguir pensando en esa visión por analogía con la visión normal del ojo o con un aparato fotográfico:
"Después de Abbe, incluso el microscopio óptico convencional es, en lo esencial, un sintetizador de Fourier de difracciones de primer o incluso de segundo orden" (lbid., p. 197) .
Hacking estudia a continuación otros tipos de microscopios, y en concreto aquellos que se han usado en física y en biología celular a partir de la segunda Guerra Mundial: el microscopio con polarizador supone una nueva revolución técnico-conceptual, como a su vez el microscopio por fluorescencia, el microscopio de constraste de fase, el de interferencia de contraste, el microscopio acústico y otros muchos tipos de microscopios que él menciona, como el de rayos X, posible teóricamente desde hace años, pero pendiente de la resolución de determinadas cuestiones tecnológicas (Ibid., pp. 197-208). La operación de ver por un microscopio resulta cada vez más compleja en esos sucesivos aparatos, y ello no tanto desde el punto de vista teórico (las teorías subyacentes suelen ser elementales), sino desde el punto de vista técnico. Hacking concluye que no son los avances teóricos lo determinante en el avance de la observación microscópica, sino precisamente el hacer de los inventores y el intervenir de los técnicos. Desde un punto de vista filosófico, sin embargo, la existencia de tan diversos artefactos proporciona el argumento más sólido en favor del realismo de Hacking, su argumento pragmático, a saber: en dos (o más) m icrografías , como la fluorescente y la electrónica, construídas en base a teorías y técnicas heterogéneas, la estructura general del objeto estudiado (en el ejemplo de Hacking, la célula) son exactamente idénticas.
La estricta coincidencia entre dos representaciones científicas artificialmente construídas (y totalmente heterogéneas por sus procedimientos de construcción) resulta ser, para Hacking, no sólo un criterio seguro para aceptar que las imágenes con las que los científicos trabajan son verdaderas, sino también para sustentar sus tesis realistas en base a esa intercorrespondencia múltiple entre representaciones. Cabría decir que hay representaciones científicas veraces y representaciones científicas engañosas, o mendaces.
Habría muchas cosas a comentar en este estudio de Hacking sobre la microscopía y sobre la observación científica, pero baste señalar que la intercorrespondencia entre representaciones científicas tecnológicamente (y heterogéneamente) generadas es previa a toda formulación enunciativa o lingüística de los hechos, en el sentido de que la eventual verdad (o falsedad) de los enunciados observacionales tiene como prerrequisito esa coincidencia entre representaciones.
Hacking no insiste excesivamente en este punto, porque su objetivo es otro. Lo que él trata de mostrar es que las observaciones científicas (en física, en biología) están mucho más cargadas de técnica y de intervenciones humanas previas que de teoría. Seguir insistiendo en la contraposición entre observación y teoría le parece improcedente para una filosofía de la ciencia que de verdad quiera aludir a la ciencia, y no a una idealización ad hoc de la misma.
A diferencia de los sociólogos de la ciencia, Hacking no se interesa por los debates y los procesos de consenso que pudieran tener lugar entre los técnicos y los inventores a la hora de construir esos artefactos. Para él lo importante es que la práctica (hacer, intervenir) es previa a la observación y a la experimentación; a su vez, esas acciones científicas son previas a las proposiciones que las expresan: los enunciados observacionales. Hacking se opone al giro lingüístico que Rorty diagnosticó en la filosofía analítica y por eso concede más importancia a los instrumentos científicos, en donde se materializan los saberes teóricos y prácticos de los científicos, que a los debates y a la retórica que éstos puedan utilizar ulteriormente. Su perspectiva de estudio es propiamente filosófica, si bien nada tiene que ver con las posturas usuales en la filosofía de la ciencia del siglo XX. Parte de tesis materialistas y ve en los instrumentos y artefactos científicos, así como en su construcción y en su uso, el campo más importante para la reflexión filosófica.
A la hora de exponer sus propias concepciones generales, Hacking retorna la propuesta baconiana de dos facultades, una racional y otra experimental y divide la primera en dos: especulación y cálculo.
"El hecho notable a propósito de la nueva física es que ha creado un nuevo artefacto, humano y colectivo, dando libre curso a tres intereses humanos fundamentales, la especulación, el cálculo y el experimento" (Hacking, a.c.,
p. 248).
La teoría por sí sola es insuficiente, como también lo es la experimentación. Sólo en la medida en que aparezca una tercera componente en la actividad científica (el cálculo, o como también dice en otro pasaje, los modelos matemáticos), la ciencia puede revelarse fecunda. Para Hacking, como para Bacon y Leibniz, lo esencial no es la verdad científica, sino la capacidad innovadora de la ciencia. Dicha capacidad no sólo tiene que ver con las teorías, los hechos, los conceptos, las leyes, los métodos de cálculo o los artefactos científicos. Según Hacking, el objetivo principal de las ciencias físicas es la producción de nuevos fenómenos:
"El trabajo experimental proporciona la evidencia más fuerte en favor del realismo científico. Pero ello no es porque nos permite verificar hipótesis relativas a entidades. Sino más bien porque entidades que, en principio, no pueden ser "observadas" son manipuladas usualmente para producir nuevos fenómenos y estudiar nuevos aspectos de la naturaleza. Esas entidades son herramientas, instrumentos, pero no para pensar, sino para hacer" (Ibid., p. 262).
La filosofía de la ciencia de Hacking, como puede verse, responde plenamente al ideal baconiano de una ciencia que, siendo a la vez especulativa y experimental, es capaz de pasar por las mediaciones de los instrumentos (matemáticos, observacionales, de medida, etc.) y gracias a ellos es capaz de intervenir en la naturaleza, produciendo nuevos fenómenos que nos permitan conocerla mejor, por una parte, pero sobre todo transformarla. Algunas de estas concepciones reaparecerán a lo largo de la presente obra, sin necesidad de que vayamos a aceptar (pero tampoco a rechazar) sus tesis ontológicas realistas, que están basadas en la praxis científica y en la intercorrespondencia de resultados artificialmente generados como argumento principal en favor del realismo