Emilio Martínez Navarro (Profesor Titular de Filosofía Moral, Universidad de Murcia,
Octubre de 2002).
Trabajo publicado en: Jesús Conill (coord.): Glosario para una sociedad intercultural, Valencia, Bancaja, 2002, pp. 1723.
1. Nuevo concepto
Aunque el término “aporofobia” todavía no figura en los diccionarios de nuestra lengua, ya aparece utilizado en numerosas publicaciones recientes. Muchas de ellas podemos encontrarlas en Internet con cualquier programa de búsqueda, y al hacerlo podemos constatar que se utiliza este vocablo con el significado que denotan las palabras griegas que lo componen: “áporos”, pobre, sin salidas, escaso de recursos, y “fobia”, temor. De modo que el término “aporofobia” serviría para nombrar un sentimiento difuso, y hasta ahora poco estudiado, de rechazo al pobre, al desamparado, al que carece de salidas, al que carece de medios o de recursos.
Esta novedosa palabra aparece por primera vez en una serie de publicaciones que la filósofa y catedrática Adela Cortina [pulse aquí para revisar el artículo de Adela Cortina] viene realizando desde mediados de la década de los noventa. La profesora Cortina ha propuesto el uso de esta palabra para poder dar nombre a una realidad que hasta ese momento no lo tenía. Porque se habla mucho de la “xenofobia”, que es el rechazo al extranjero, pero no se disponía del término adecuado para referirse la actitud que, a su juicio, es la verdadera clave de muchas conductas indeseables que se producen en nuestras sociedades opulentas del Norte. La verdadera actitud que subyace a muchos comportamientos supuestamente racistas y xenófobos no sería, en realidad, la hostilidad a los extranjeros, o a las personas que pertenecen a una etnia diferente a la mayoritaria, sino la repugnancia y el temor a los pobres, a esas personas que no presentan el “aspecto respetable” de quienes tienen cubiertas sus necesidades básicas. En efecto, “no marginamos al inmigrante si es rico, ni al negro que es jugador de baloncesto, ni al jubilado con patrimonio: a los que marginamos es a los pobres” (Cortina 1996: 70).
La aporofobia consiste, por tanto, en un sentimiento de miedo y en una actitud de rechazo al pobre, al sin medios, al desamparado. Tal sentimiento y tal actitud son adquiridos. La aporofobia se induce, se provoca, se aprende y se difunde a partir de relatos alarmistas y sensacionalistas que relacionan a las personas de escasos recursos con la delincuencia y con una supuesta amenaza a la estabilidad del sistema socioeconómico. Sin embargo, un análisis riguroso de los datos disponibles nos muestra que la mayor parte de la delincuencia, y la más peligrosa, no procede de los sectores pobres de la población, sino de mafias bien organizadas que controlan una inmensa cantidad de recursos. Y resulta tan sarcástico que se considere a los pobres como una amenaza al sistema socioeconómico como lo sería acusar a las víctimas de la violencia de ser los causantes de esa misma violencia.
Ahora bien, no resulta difícil para los poderes fácticos presentar a los pobres como los culpables de cualquier problema social, puesto que la situación de debilidad que atraviesan les impide, por definición, toda defensa frente a la calumnia. De este modo, se produce un fenómeno que podríamos denominar “el círculo vicioso de la aporofobia”: los colectivos desfavorecidos son acusados a menudo de conductas delictivas (robo, prostitución, tráfico de drogas, actos violentos, trabajo ilegal, etc.) y esta mala imagen dificulta su posible integración en la sociedad, con lo cual se prolongan sus dificultades y en algunos casos la desesperación les lleva a cometer algún acto ilegal, de manera que se termina por reforzar la mala imagen y así sucesivamente.
La aporofobia se alienta en cada uno de nosotros a través de un mecanismo psicológico que carece de base lógica: la generalización apresurada. Partiendo de algunos casos particulares (este mendigo hizo esto, aquel desaliñado hizo lo otro...), se alcanza una conclusión general de tipo universal: “Todos los mendigos son peligrosos”, “Todos los desaliñados son sospechosos”. Evidentemente, tales generalizaciones son falsas, pero estamos tan acostumbrados a hacerlas que a menudo nos pasan desapercibidas. En ese sentido, un buen punto de partida para una educación intercultural sería ayudarnos mutuamente a romper esos clichés, esas generalizaciones apresuradas que hemos ido armando en nuestras mentes a lo largo de la vida.
2. Posibles explicaciones de la aporofobia
Pero, ¿por qué encuentra la aporofobia un terreno abonado para florecer en nuestras sociedades occidentales? Una posible explicación puede estar en cierta “mala conciencia” que nos recuerda que las situaciones de desamparo son, en cierta medida, una responsabilidad de todos los que estamos acomodados. En ese sentido, el que haya pobreza es signo de cierto grado de fracaso social. Es un síntoma de que el sistema en el que estamos instalados no es todo lo justo que debería ser. Pero entonces, mientras que algunas personas reaccionan positivamente, proactivamente, comprometiéndose en tareas de reforma social para hacer un mundo cada vez más justo, otras personas reaccionan negativamente, reactivamente, despreciando y culpando a los pobres mismos de su situación de marginación y colgando sobre ellos todo tipo de etiquetas peyorativas. Esta actitud reactiva forma parte de una situación más amplia de “desmoralización” en el sentido de Ortega: una sociedad desmoralizada es la que está dejando de tener altura de miras y ánimo vigoroso para avanzar hacia metas valiosas, corriendo el riesgo de perder su propio quicio e iniciativa vital.
La aporofobia se centra actualmente, en las sociedades que llamamos “desarrolladas”, en colectivos que se suelen considerar “no productivos”, esto es, parados, trabajadores con escasa cualificación profesional, jóvenes que buscan su primer empleo, trabajadores sometidos a condiciones laborales muy precarias en cuanto a salario y continuidad, jubilados sin una pensión o con escasa pensión, personas enfermas o con discapacidades severas que no consiguen empleo y carecen de recursos económicos, familias monoparentales de escasos ingresos, minorías étnicas tradicionalmente marginadas, inmigrantes que aún no han conseguido insertarse legalmente en el mercado laboral, etc. Estos colectivos están formados a menudo por personas que no permanecen en ellos de por vida, pero el colectivo permanece. Una persona que ayer era pobre puede estar hoy en un empleo digno que le permite superar su condición de pobreza, pero mientras esa persona sale del colectivo, otra u otras están ingresando en él a su pesar. Los jugadores cambian, pero el equipo mantiene su identidad. Este detalle es relevante, puesto que indica claramente que la pobreza no es una condición permanente de las personas, sino una situación indeseable e injusta, pero superable, de la que muchas personas consiguen salir si se les brinda la ayuda adecuada. En principio, es técnica y económicamente posible que una sociedad moderna consiga que los distintos colectivos afectados por la pobreza superen esa lamentable e inhumana situación. ¿Qué falta entonces? Falta coraje cívico, falta estatura moral, falta voluntad política en el sentido ético de la palabra. Veamos por qué.
La aporofobia se alimenta del extendido prejuicio de que los pobres son culpables de la miseria que les aqueja. Este prejuicio, como tantos otros, es también una generalización apresurada. En principio, de modo similar a como algunos accidentes de tráfico son responsabilidad del accidentado y en cambio otros no lo son en absoluto, también ocurre que una parte de las situaciones de pobreza tienen su origen en algún tipo de negligencia más o menos voluntaria, mientras que otra gran parte de tales situaciones tiene causas totalmente ajenas a la voluntad de las personas que sufren la pobreza. Esta constatación ha de completarse observando que, aún en los casos en los que las personas tuvieron responsabilidad al provocar su propia ruina, eso no implica que debamos abandonarlas a su suerte, como no lo haríamos tampoco en el caso del conductor negligente que provocó su propio accidente. Tenemos un deber de humanidad de ayudar a las personas en apuros, y eso es así con independencia de que la persona necesitada sea en parte responsable de su apurada situación.
Por otra parte, la condición humana está afectada por eso que Rawls ha llamado “la lotería natural y social”, esto es, el hecho de que nadie puede alegar mérito alguno por la cantidad y calidad de sus dotes naturales (inteligencia, fuerza, belleza, resistencia a la enfermedad, etc.) ni por las ventajas sociales heredadas (una familia, unos parientes, un ambiente de crianza y educación, unas oportunidades de formación, etc.). Conforme a ese mismo concepto, nadie debería ser considerado responsable de no haber nacido con alguna desventaja física, ni de no haber disfrutado de ciertas oportunidades que nunca le fueron brindadas. En síntesis podríamos decir que una parte de lo que cada cual consigue o deja de conseguir en la vida es cuestión de oportunidades que se le presenten, mientras que otra parte es responsabilidad (mérito o demérito) de cada uno. Por tanto, culpar a las personas que están en situaciones de pobreza de haber llegado a esa situación es, sin lugar a dudas, una injusta generalización.
3. Los pobres son los que no tienen nada que ofrecer
Pero entonces, si la aporofobia, el desprecio al pobre, es una actitud injusta, ¿cómo es que viene pasando tan desapercibida, hasta el punto de que ni siquiera se tenía un nombre para ella hasta que fue propuesto por la profesora Cortina? La respuesta que la misma profesora Cortina nos ofrece es la siguiente: “En sociedades como las nuestras, organizadas en torno a la idea de contrato en cualquiera de las esferas sociales, el pobre, el verdaderamente diferente en cada una de ellas, es el que no tiene nada interesante que ofrecer a cambio y, por lo tanto, no tiene capacidad real de contratar”. En efecto, la clave para comprender la aporofobia es que en la mayoría de los ámbitos de la vida social hay quienes tienen poder para pactar y también hay quienes no lo tienen; algunas personas tienen algo que puede interesar a los poderosos y en cambio otras carecen de interés para ellos. El resultado es que los áporoi, los pobres, son los excluidos del intercambio, los marginados, los que no son tenidos en consideración debido a que carecen, siquiera sea temporalmente, de capacidad de intercambio. Y para ocultar la mala imagen que podría acarrear esa falta de consideración hacia personas que están en una situación de debilidad que a cualquiera le puede afectar antes o después, se extiende sobre los pobres el falso cliché que ya hemos comentado. Supuestamente ellos mismos serían culpables de su falta de capacidad. Supuestamente, quienes no tienen nada interesante que ofrecer, se merecen la exclusión y el desprecio que eventualmente se les venga encima.
La aporofobia, como otras tantas fobias sociales, viene siendo provocada y fomentada por ese tipo de actitud que encarnan quienes Cortina ha llamado, inspirándose en un pasaje de Kant en La paz perpetua, los demonios estúpidos. La cita de Kant sostiene que hasta un pueblo de demonios, de seres carentes de sensibilidad moral, sacrificaría parte de su libertad y se sometería a las leyes de un Estado de derecho, con tal que tuvieran inteligencia. De ese modo, distingue Cortina tres tipos de actitudes éticas: la de los demonios estúpidos, la de los demonios inteligentes y la de las personas inteligentes, justas y solidarias.
Los demonios estúpidos representan la actitud de quienes creen que es mejor excluir y culpabilizar a quienes están en apuros que esforzarse lo más mínimo en ayudar a los pobres a salir de su postración. Es la actitud de quienes olvidan que los bienes de que disfrutamos los seres humanos son bienes sociales, y por tanto tienen que ser distribuidos con justicia. Olvidan que la sociedad humana es un sistema de cooperación que sólo puede funcionar adecuadamente si se disponen las reglas del juego social de modo tal que nadie se pueda sentir injustamente tratado. La aporofobia es en gran medida un producto de este tipo de actitudes nada inteligentes, puesto que a la larga las consecuencias nefastas de ese modo de actuar se revierten en contra de los mismos que las provocaron. Porque los comportamientos y las políticas de los demonios estúpidos pueden llegar a ser radicalmente aporofóbicas, y ello conduce, a medio y largo plazo, a situaciones de profunda quiebra social. Por ejemplo, cuando algunos de ellos practican, o aprueban que se practique, la suprema exclusión: el asesinato. No hay empobrecimiento mayor ni marginación más grande a la que se pueda someter a alguien que excluirle irreversiblemente del mundo de los vivos. No hay aporofobia más peligrosa que la que sueña con eliminar a todas las personas a las que los poderosos consideren un estorbo. En este sentido, los totalitarismos de todo signo son profundamente aporófobos. Y las actitudes aporófobas son un ingrediente necesario en los totalitarismos.
Los demonios inteligentes simbolizan la actitud algo más madura de quienes reconocen que, aunque a corto plazo no parece que compense gran cosa ayudar a otros a salir del desamparo, a la larga es muy conveniente hacerlo para poder preservar cierto orden social y para no correr riesgos innecesarios. Al fin y al cabo, hasta el más débil te puede quitar la vida. Esta actitud tal vez podría expresarse con el dicho “hoy por ti, mañana por mí”, y en el terreno sociopolítico implica adoptar medidas de protección social para los más desfavorecidos. Pero no como una cuestión de justicia, sino más bien como una cuestión de prevención de posibles desórdenes sociales. Esta actitud puede estar detrás de muchas de las medidas que, desde los tiempos del Imperio Romano, se resumen en la expresión “pan y circo”. La pobreza, todo tipo de pobreza y no sólo económica, sino también la falta de educación y de oportunidades, la falta de igualdad legal y política o la falta de equidad en la distribución de sanciones y premios, es considerada, desde este punto de vista, como un peligro potencial que podría dar al traste con la convivencia pacífica. La aporofobia, conforme a esta segunda actitud, es tolerada como un fenómeno que puede colaborar a que la gente marginada se apresure a abandonar las situaciones más extremas de pobreza, puesto que la presión de los aporófobos supuestamente podría colaborar a que las personas pobres se integren cuanto antes en el sistema establecido y de ese modo dejen de ser percibidos como una amenaza para la estabilidad del mismo.
Por último, la actitud de las personas inteligentes, justas y solidarias corresponde, según Cortina, a quienes tienen la sensibilidad moral necesaria para percatarse de que todo ser humano es valioso en sí mismo, y no por los intercambios que pueda realizar. Esa idea ilustrada, kantiana, de raigambre judeocristiana, de que toda persona tiene dignidad y no precio, y que por ello no debería ser tratada como un instrumento, sino como fin en sí misma, esa idea es la clave para comprender este tercer tipo de actitud ética. Una sociedad que pretenda ser justa no puede conformarse simplemente con los arreglos preventivos del orden público a los que se llega con la actitud de los demonios inteligentes, sino que tendría que ir más allá. Una sociedad que pretenda ser justa aplicaría las medidas para la superación de todo tipo de exclusión social como una cuestión de justicia, esto es, como reconocimiento de que todas las personas son dignas de ser tratadas como auténticas ciudadanos, y no como súbditos a los que se manipula con el fin de que no lleguen a alterar un determinado orden social que, en realidad, no les trata con la consideración y respeto que se debe a las personas. La aporofobia, desde este punto de vista, es completamente intolerable, puesto que forma parte del entramado de injusticias que hacen este mundo un lugar más hostil e inhabitable. Por el contrario, las medidas de eliminación de la miseria, de extensión de la ciudadanía social, de capacitación o empoderamiento de las personas vulnerables, son contempladas como medidas de realización de los valores de justicia que constituyen la base de una convivencia realmente pacífica, colaborativa y humanizadora.
La aporofobia es un obstáculo en el camino que la humanidad ha emprendido desde hace milenios en pos de un mundo más habitable. Una convivencia intercultural no será posible ni localmente ni globalmente si no eliminamos en la medida de lo posible las actitudes aporófobas. En el plano local, es evidente que la aporofobia ha viciado terriblemente las relaciones entre comunidades étnicas distintas que comparten un mismo país. Así lo constatan algunos expertos latinoamericanos que han comenzado a utilizar este nuevo vocablo para analizar los problemas sociales que aquejan a diversos países de Iberoamérica. También utilizan el término “aporofobia” algunos análisis recientes de las políticas de integración de los inmigrantes en Europa como, por ejemplo, las publicaciones del profesor SilveiraGorski.
En el caso latinoamericano, la aporofobia es sin duda un elemento de la tensión que reina entre los criollos y los pueblos indígenas en algunos países del área. Hay multitud de testimonios que indican que es precisamente la situación de pobreza y vulnerabilidad que padece la mayor parte de los pueblos indígenas, junto con el afán depredador de recursos naturales de algunos criollos, los factores que más condicionan desfavorablemente la comprensión mutua y la convivencia entre las dos comunidades. En este sentido, una posible vía de mejora de dicha convivencia debería incluir medidas concretas para atajar la aporofobia en las actitudes de las autoridades y de la población criolla en general.
Y en el caso europeo, tampoco parece dudoso que la aporofobia es el principal obstáculo para emprender unas políticas más comprometidas con la ayuda real a los inmigrantes y a sus países de origen. Se les rechaza por ser pobres y se les culpa de su desesperada situación, al tiempo que se manipulan los medios informativos para magnificar la supuesta amenaza que supone su instalación en Europa. Se olvida por un momento que millones de europeos han estado emigrando durante siglos hacia todos los países del mundo, incluidos aquellos de los que ahora nos vienen los inmigrantes pobres. La aporofobia, como hemos intentado mostrar, nubla la memoria histórica y contribuye a la percepción distorsionada del otro como una amenaza a nuestra calidad de vida. Pero si queremos tomar en serio los valores de justicia que se expresan en los textos constitucionales y en las declaraciones solemnes de Derechos Humanos, habremos de tomar serias medidas para evitar el avance de esta lacra. Una convivencia intercultural basada en el respeto activo, en las libertades iguales, en la igualdad de oportunidades, en la solidaridad y en la solución pacífica de los conflictos, es del todo incompatible con la actitud de aporofobia.
Bibliografía
Cortina, A. y Otros (1996): Ética. Madrid: Santillana.
Cortina, A., (1997): Ciudadanos del mundo. Hacia una teoría de la ciudadanía. Madrid: Alianza.
Cortina, A. (2000): “Aporofobia”, en El País, 7 de marzo de 2000, p. 14. Internet: consulta de alrededor de cuarenta páginas web que contienen el término “aporofobia”.
Adela Cortina. EL PAÍS | Opinión - 07-03-2000
La Real Academia Española introduce de tanto en tanto en el Diccionario de la lengua nuevos términos por razones diversas. Son algunas de las más comunes que la expresión correspondiente venga usándose en la calle de forma habitual, o que proceda de una lengua extranjera y sirva para designar algún objeto o acción en un campo del saber. Pero existe una razón poderosa, tal vez la más poderosa, para acoger una nueva palabra en el seno de una lengua, y es que designe una realidad tan efectiva en la vida social que esa vida no pueda entenderse sin contar con ella. E importa ponerle un nombre, porque mientras es indecible actúa como hacen las ideologías: distorsionando, confundiendo para ocultar la verdad de las cosas. Poner nombre a las personas es imprescindible para darles carta de naturaleza ("te llamarás Eva", "te llamarás Viernes"), tanto más a las realidades sociales, de las que falta clara conciencia mientras son inefables.
Es en este orden de cosas en el que quisiera brindar a la Real Academia un nombre, después de rebuscar afanosamente en mi viejo diccionario de griego, tan usado el pobre en los años del bachillerato: el nombre "aporofobia". "Dícese -podría constar en la caracterización, por analogía con otras- del odio, repugnancia u hostilidad ante el pobre, el sin recursos, el desamparado". Y en ese ilustrativo paréntesis que sigue al término diría algo así como: "(Del gr. á-poros, pobre, y fobéo, espantarse) f.". Es, ciertamente, una expresión que no existe en otras lenguas, e ignoro si es la mejor forma de construirla. Pero lo indudable es que la repugnancia ante el pobre, ante el desamparado, tiene una fuerza en la vida social que todavía es mayor precisamente porque actúa desde un deleznable anonimato.
No figura en las relaciones de lo "éticamente correcto", en esas moralinas burocráticas que repudian acciones casi sin pensarlo y las gentes repiten ya de un tirón, como los viejos catecismos. Cuentan en ellas el repudio de la xenofobia y el racismo, de la hostilidad hacia el "xénos", hacia el extranjero, o hacia el que es de otra raza; nunca la repugnancia ante el "áporos", ante el sin recursos, ante el que parece que no puede ofrecer nada interesante a cambio. Y, sin embargo, ése es el que molesta, es la fobia hacia el pobre la que lleva a rechazar a las personas, razas y etnias habitualmente sin recursos.
No repugnan los árabes de la Costa del Sol, ni los alemanes y británicos dueños ya de la mitad del Mediterráneo; tampoco los gitanos enrolados en una tranquilizadora forma de vida paya, ni los niños extranjeros adoptados por padres deseosos de un hijo que no puede ser biológico. No repugnan, afortunadamente y por muchos años, porque el odio al de otra raza o al de otra etnia, por serlo, no sólo demuestra una innegable falta de sensibilidad moral, sino una igualmente palmaria estupidez. Sólo los imbéciles se permiten el lujo de profesar este tipo de odios.
Sin embargo, sí que son objeto de casi universal rechazo los gitanos apegados a su forma de vida tradicional, tan alejada de ese febril afán de producir riqueza que nos consume; los inmigrantes del norte de Âfrica, que no tienen que perder más que sus cadenas; los inmigrantes de la Europa Central y del Este, dueños, más o menos, de la misma riqueza; siguiendo en la lista los latinoamericanos escasos de recursos. El problema no es de raza ni de extranjería: es de pobreza. Por eso hay algunos racistas y xenófobos, pero aporófobos, casi todos.
La razón es bien simple, descubrirla no precisa grandes especulaciones. En sociedades, como las nuestras, organizadas en torno a la idea de contrato en cualquiera de las esferas sociales, el pobre, el verdaderamente diferente en cada una de ellas, es el que no tiene nada interesante que ofrecer a cambio y, por lo tanto, no tiene capacidad real de contratar.
Esto sucede en el ámbito de la economía, en el que buena parte de la humanidad queda excluida de consumir productos básicos para la supervivencia sencillamente porque no interesa lo que podrían ofrecer a cambio. "El libre mercado", dice la teoría clásica, "garantiza mayor soberanía al consumidor". Lo que no aclara a renglón seguido es que merece el título de consumidor quien puede pagarse el consumo, quien presenta una demanda solvente, porque es éste un juego de toma y daca, en el que ejerce su libertad no el que quiere, sino el que puede.
Si tuviéramos agallas para universalizar la ciudadanía social a través de un cierto keynesianismo universal profundamente reformulado en términos de justicia en vez de retirarlo de los lugares en los que se ha encarnado, si aumentáramos la capacidad adquisitiva de cada una de las personas y las protegiéramos frente a las contingencias del mercado, aunque sólo fuera por aumentar el consumo, y con él la producción, podríamos empezar a hablar de soberanía del consumidor. "Es imposible", replican los interesados en que lo sea. Y, sin embargo, es preciso replicar que es de justicia.
Como es doctrina bien sabida desde hace décadas, pero magistralmente expuesta por Michael Walzer en Esferas de la justicia (1983), los bienes socialmente producidos son bienes sociales y tienen que ser socialmente distribuidos con justicia. Como la globalización -añadimos por nuestra cuenta- muestra, entre otras cosas, que la producción es global, global debería ser también la justa distribución de la riqueza, y un buen comienzo en el proceso sería universalizar la ciudadanía social.
Sin embargo, los bienes no son sólo económicos, no sólo hay áporoi en la esfera de la riqueza material. Las sociedades distribuyen también otros bienes, que componen distintas esferas de justicia: la pertenencia a una comunidad política, la seguridad en tiempos de vulnerabilidad (asistencia sanitaria, jubilación, desempleo), los cargos que determinan el ingreso, la estima social y las oportunidades vitales, la educación, el poder político, la igualdad, por la que nadie debería poseer un bien de estas esferas con el que pudiera comprar todos los demás, el reconocimiento y los honores que condicionan la autoestima y el autorrespeto.
En cada una de estas esferas hay áporoi, justamente aquellos que en ellas no parecen tener nada interesante que ofrecer a cambio. Por eso en el mundo político, amén de los extranjeros, inmigrantes, asilados, con sus dificultades para pactar, reciben los ciudadanos distintas contraprestaciones, según lo que ofrecen a quien ostenta el poder. Y así sucede igualmente en la universidad y en el hospital, en el taller y en el banco, en la vecindad y en la empresa, que hay quienes tienen algo interesante que ofrecer a los poderosos y quienes bien poca cosa. Y éstos son en cada una de las esferas los débiles, los excluidos. Los áporoi.
Mientras no se les nombra se confunden los perfiles, que es lo que gusta a los poderosos: esa difuminación del lenguaje, en virtud de la cual ya ignoramos de qué estamos hablando. Y en manifiestos contra el terrorismo se dice: "Estamos en contra de los intolerantes", confundiendo el tocino con la velocidad, porque la intolerancia es una actitud del carácter, y el que mata es un asesino. Los atentados contra las personas no son atentados contra la democracia, sino contra la vida concreta de las personas concretas, a quienes a partir de ese momento sus gentes ya no verán más. Excluidos, totalmente excluidos de la vida, supremamente marginados.
Ante una situación semejante cabe responder desde tres tipos de ética, encarnados en tres tipos ideales: la ética de los demonios estúpidos, la de los demonios inteligentes y la de las personas, amén de inteligentes, justas y solidarias. La sugerencia viene de Kant, quien en La paz perpetua aseguraba que hasta un pueblo de demonios, de seres sin sensibilidad moral, sacrificaría parte de su libertad y entraría a formar parte de un Estado de derecho, aunque tuvieran que someterse a la ley, "con tal de que", añadía, "tengan inteligencia". Podríamos decir, por analogía, que hasta un pueblo de demonios, sin sensibilidad moral, preferiría la paz a la guerra, la cooperación al conflicto, la colaboración a la exclusión, con tal de que tengan inteligencia.
Los demonios estúpidos excluyen a otros en cada esfera social, creyendo que no tienen nada interesante que ofrecer. Y en realidad sucede que los inmigrantes, tan vapuleados, asumen los trabajos que nadie quiere y traen sangre joven a una Europa avejentada. Los demonios inteligentes se aperciben de este tipo de cosas y tratan de averiguar con quiénes interesa sellar pactos, porque hasta el más débil te puede quitar la vida. Las personas con sentido de la justicia y la solidaridad van más allá del contrato: hacia el reconocimiento del valor en sí de cada ser humano, que es la divisa de la Ilustración.
© El País S.L. | Adela Cortina, Directora de la Fundación ÉTNOR
Artículo publicado en el sitio web de ÉTNOR con autorización expresa de El País, S.L.: http://www.etnor.org.